Quedaban. Quemaban. Quietos.
Tirados por los rincones, esparcidos por los cajones, pegajosos como las copas
de madrugada, quietos e inmutables como la telaraña que cada mañana vuelve a
aparecer, y tú te ves en una gran y estúpida foto mental tendida sobre la cama,
controlando la angustia, con los ojos encharcados y concentrados en un punto
fijo de la habitación que te hace sumirte en un pensamiento hueco por el que
rebotan cien mil partículas muertas. No hacen falta más estratagemas, no puedes
hacer nada. Estoy tranquila. Juego a estar quieta y a que me abriguen cuatro
paredes. No pasa nada. Ahogo los aullidos que me rasgan la garganta y chocan
contra mis dientes intentando salir. Toco la pared despacio. No va a pasar nada
más, sólo hay que esperar hasta que los desperdicios vuelvan a quedarse en la
superficie del vaso. No le temo a la autofobia, al frío, al hidrógeno ni a los
nudos. La oscuridad es relativa a la luz y no hay que temerla si has dejado de
percibir objetos sensoriales. No puedo hacer nada por mí misma. Tranquilidad.
Crepitar de huesos y cimientos, pero tranquilidad y sábanas antibalas. Estoy
atrapada por todos los vértices y tengo la certeza de que no hay nada después
del suelo. El núcleo terrestre no es para mí. Si entiendes las dobles negaciones,
entenderás que no quiero no salir de aquí.
Me quedé sin llaves tantas veces que tuve que inventar nuevos
hogares. Entre piedra y escalón trataba de escapar de las cadenas de
montaje, las manchas, los frascos, los precintos y siempre busqué
moverme al ritmo de la música sin conseguirlo. Siempre preferí el latir
acelerado y arrítmico que me provoca tu cuerpo al tictac de los relojes
atómicos. Siempre sobre el alambre y sin mudar la piel, unas veces
acelerando, tropezando y tejiendo traspiés, otras a punto de detenerme
y dejar muertos los brazos, los labios, la piel. Sólo intentaba
cantarte una canción, sin embargo era como aquella niña con pijama de
franela que una y otra vez se asomaba a la ventana para ver cómo la
nieve volvía a cubrirlo todo. No pretendo romper la baraja y llevarme
los trozos, pero el día que me atreva a lanzarte un órdago yo ya no
estaré. Tengo un único escaparate y guardo los artículos de lujo en el
almacén. Por eso, a veces, notas un temblor, un reflejo oscuro, un
abismo que no comprendes, la retina demasiado brumosa que sólo
representa un instante nublado en una noche de verano. Podría
demostrarte más heridas de guerra de las que ves; siguen sin ser
demasiadas y seguramente tú tienes más; asumo que cada uno decide a qué
velocidad andar, siempre y cuando no lleve a alguien de la mano. Sigo
en la ventana, con 40º a la sombra no tardará en derretirse la nieve.
De cercos
de cerca
la mecha de mi mala cabeza
la deshonra, la d e s h o r a,
carne encarnada en carne.
Rebelde heterodoxa.
La rabia, la huída, los labios,
la inercia del último disparo,
se separan los peldaños
la penumbra se cierne,
como un halo
machaca
agita
araña
grita
e s c u p e
la mugre
la sal
la huída
intenso masaje en carne viva
e_x_p_l_o_s_i_ó_n
hemostasia
expansión
y los ojos
anclados
en la nada
anidando
un rebote
en el vacío
del infinito
espacio.