Juegos de sombras y dientes de canela. Estrellas de celo, mentiras desnudas y kilos de confeti por el suelo. Me respiras y te caigo en gracia, me acerco, toses, suspiras en silencio, cierras los ojos. Pero se nos dispara la escopeta por exceso de equipaje, se escapa la nieve por entre los dedos, por tus ventanas cuadradas, por donde nacen los sueños y gritan las letras. Hay restos por todas partes y tropiezos en cada camino, casi tantos como muescas tiene el revólver. No habrá manera de explicar lo sucedido ni ganas de cambiar mañana, pero por lo visto, funciona.
Surge la escena a tu amparo, con la luz apagada y cometas tropezando con las paredes. Todos nos agarramos fuerte por las sienes porque no estaremos ya cuando el agua se vuelva muda. Prueba a morder y, si sale sangre, es que aún hay posibilidad de despertarla otra vez. Mientras asoma la letra miras al de al lado:
- ¿Siguiente?
- Sin nada no podemos nadar.
- Pero sí podremos perdernos el final.
Y sonó la campana, todos para adentro, en silencio. Cada uno recoge sus zapatillas, una de cada familia, y siguen con su camino. No se detienen hasta que un muro se presenta y se dan cuenta de que por ahí no hay manera. Todas las esperanzas se esfumaron sin avisar. Mientras les miro, ahora en sentido contrario, danzando como mariposas, ruedan como cubos triangulares. Al fondo una aguja de brillo destella, estrella y sonríe. Todos sonríen. Ha sido una mañana inolvidable.